
POCOS, PERO BIEN AVENIDOS |
| | | Autor | Mensaje |
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Manuela

Cantidad de envíos: 756 Fecha de inscripción: 24/07/2008
 | Tema: Relatos cortos Miér Dic 10, 2008 8:54 pm | |
| Abro este apartado, por si alguien, en un ratito que tenga, quiere empaparse de buena literatura, sin tener que pasar demasiado tiempo leyendo, aunque el hecho de que sean cortos los relatos, no quiere decir que no sean densos. Hoy traigo a uno de los grandes maestros del cuento o relato corto: Horacio Quiroga. Este relato que pongo a continuación, tiene un significado especial para mí, porque anduve por esas tierras cuando estuve en Iguazú. Visité las tierras fronterizas y entré en ellas, las del Paraguay, Argentina y Brasil. Viví las sensaciones de un mes de enero caluroso y húmedo, hermoso como ninguno, misterioso y anclado en el tiempo. Aconsejo este viaje. A veces me vuelve en sueños y me veo tomando un ananás (piña) para hidratarme mientras recorro los alrededores de cataratas y entreveo la jungla a la que no me dejan entrar por temor a que me ocurra lo que le sucede al protagonista del cuento. Espero que en algún momento tengais suficiente tiempo para leer este apartado que abro, donde la fantasía y la realidad se entremezclan. Adoro a Horacio Quiroga y a otros que os iré poniendo sin abusar de vuestra paciencia y con la intención de que nos instruyamos y pasemos un rato absortos en la buena literatura. Perdonad tanta letra. Allá va. A la deriva[Cuento. Texto completo] Horacio Quiroga El hombre pisó algo blancuzco, y enseguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yaracacusú que, arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque. El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras. El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho. El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento. Llegó por fin al rancho y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba. -¡Dorotea! -alcanzó a lanzar en un estertor-. ¡Dame caña1! Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno. -¡Te pedí caña, no agua! -rugió de nuevo-. ¡Dame caña! -¡Pero es caña, Paulino! -protestó la mujer, espantada. -¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo! La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta. -Bueno; esto se pone feo -murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla. Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo. Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentose en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú. El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito -de sangre esta vez- dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte. La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados. La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho. -¡Alves! -gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano. -¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! -clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva. El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única. El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración. El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú. El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje. ¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay. Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente. De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la respiración... Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves... El hombre estiró lentamente los dedos de la mano. -Un jueves... Y cesó de respirar. FIN Dedicado a Rosario, si pasa por aquí, porque él era uruguayo. _________________ Abrazos, Manuela Quien bien te quiera, te hará reir. |
|  | | Mª Dolores

Cantidad de envíos: 829 Fecha de inscripción: 24/07/2008
 | Tema: Re: Relatos cortos Jue Dic 11, 2008 9:03 am | |
| Horacio Quiroga, era insuperable como cuentista o narrador, cuando describe los paisajes y las sensaciones de sus personajes, lo hace con tanta fuerza que te llegan, que te imaginas perfectamente lo que el protagonista sintió. Es un gran relato y una maravillosa idea. Besos Mª Dolores _________________ He dejado sobre la mesa el libro que en las horas pasadas me dio su compañía.
Eloy Sánchez Rosillo
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|  | | Rosario

Cantidad de envíos: 34 Fecha de inscripción: 29/07/2008
 | Tema: Re: Relatos cortos Jue Dic 11, 2008 9:22 pm | |
| Gracias, Manuela por dedicarme este apartado de mi coterráneo Quiroga, este relato como la mayoría tienen mucho de dramático. Es un gran escritor que tuvo una vida muy particular, con muertes prematuras y suicidios en personas muy allegadas. Les copio aquí un interesante artículo que se publicó en el mes de setiembre en el diario La República, que habla de la integración cultural a partir de las obras de Quiroga, y de escritores latinoamericanos: Horacio Quiroga y la integración cultural Por Laura Caorsi Periodista uruguaya, desde España El otro día entré en una librería para comprar una novela pero, como en España acaban de arrancar las clases, la sección de textos de secundaria me dejó a mitad de camino. No es que hubiera una muralla impenetrable, no. Lo que había era un grupo de mesas con muchos libros de colores, clasificados por asignatura y por año. Tampoco voy a mentir diciendo que sentí nostalgia (nostalgia es la Rambla, no los deberes), aunque sí puedo decirles que sentí curiosidad. ¿Qué se enseña de este lado del Atlántico? ¿Cómo se enfoca, por ejemplo, el Descubrimiento de América? ¿Quién es el malo, Solís o los indios? Nunca había visto un programa de estudios local, así que me acerqué hasta las mesas y agarré un libro: 'Lengua y literatura' para 1º de liceo, de la editorial Anaya. Lo elegí porque era lindo (suena frívolo, ya sé). Tenía papel satinado, muchos recuadros con ejemplos, ejercicios divertidos, fotografías a color... Nunca había imaginado que los sustantivos y los pronombres pudieran ser tan didácticos, en serio. La cuestión es que estaba hojeando este libro cuando, de repente, lo vi. Página cien: 'El loro pelado', de Horacio Quiroga. Ahí estaba él, con su correspondiente apunte biográfico y una serie de anotaciones que traducían ciertas palabras (como choclo, chacra, peón o papa) que aquí no se usan, o significan cosas distintas. Era raro leerlo así, con traductor incorporado, y más raro todavía verlo impreso en ese libro, como lectura obligatoria del curso. Qué bien pensé (y pienso). Un escritor uruguayo en la Escuela. Así de feliz como estaba, seguí pasando las páginas, hasta que el libro me volvió a sorprender. Tenía uno de sus capítulos enteramente dedicado a explicar que el idioma español es la cuarta lengua más hablada del mundo, que en América Latina hay casi 350 millones de hispanoparlantes y que no en todos los sitios la gente lo utiliza igual. Hay palabras y pronunciaciones distintas; pero por ser diferentes, no significan que estén mal. "Son preferencias", señalaban los autores, que incluso daban un montón de ejemplos y propuestas para los alumnos, invitándolos a 'traducir' expresiones, a conversar con sus compañeros de clase nacidos en otros países y a reflexionar sobre la diversidad. Ese planteamiento sí que me gustó, por realista y constructivo. Porque en España, en este momento, casi el 11% de los estudiantes son de origen extranjero y porque hay muchas escuelas y liceos donde esa tasa se dispara hasta superar el 60% o más. El desafío cultural es imponente. Ya no se trata sólo de encajar las piezas para acomodar a los inmigrantes adultos en el entramado social preexistente, sino de fomentar la convivencia desde abajo. Piensen en esto: si educar de por sí ya es complicado, hoy en día, cualquier profesor de España se encuentra ante la difícil tarea de normalizar las relaciones entre niños y adolescentes que de pronto no tienen nada en común, excepto su edad. Un salón de clase cualquiera viene a ser un extracto del mundo, con razas, idiomas, nacionalidades e, incluso, religiones diferentes. Por eso existen organismos nuevos, como el Creade (Centro de Recursos para la Atención a la Diversidad Cultural en Educación), o libros de texto actualizados que aprehenden la coyuntura y la usan para enseñar, como el que encontré en esa librería. Las políticas de integración 'para grandes' pueden funcionar más o menos, dependiendo, entre otras cosas, de lo tercos, cascarrabias y obstinados que seamos. Pero los encares educativos de base, mucho más naturales, son los que en realidad abren paso para el cambio. Si un adolescente o un niño convive buena parte del día con chicos de otras partes y los profesores enfatizan el lado positivo, su abanico de conocimientos y culturas será mucho mayor. Seguramente dentro de unos años, cuando se lancen de lleno al terreno de los adultos, cuando les toque a ellos decidir, tendrán en su mano más herramientas de valoración. Menos prejuicios en su cabeza. |
|  | | Manuela

Cantidad de envíos: 756 Fecha de inscripción: 24/07/2008
 | Tema: Re: Relatos cortos Vie Dic 12, 2008 6:18 pm | |
| Muy bonito el artículo que pones, Rosario. Me ha gustado mucho comprobar que se está educando con libros bien estructurados, como es el caso del que habla la articulísta. Lo malo sea que no pongan demasiada atención a lo escrito en los libros, pero de cualquier manera, algo quedará y la esencia es buena. Me alegra que sea Quiroga uno de los elegidos para la instrucción de los adolescentes porque, más allá de la nacionalidad, está la buena literatura y ésta no tiene dueño, es universal. Hoy traigo a otro de los grandes del relato corto: Anton Chejov. Es verdaderamente conmovedor y nos quedamos con el sabor triste de que no siempre escuchamos ni somos escuchados en la medida en que lo necesitamos. A ver qué os parece. La tristeza [Cuento. Texto completo] Anton Chejov La capital está envuelta en las penumbras vespertinas. La nieve cae lentamente en gruesos copos, gira alrededor de los faroles encendidos, se extiende, en fina, blanda capa, sobre los tejados, sobre los lomos de los caballos, sobre los hombros humanos, sobre los sombreros. El cochero Yona está todo blanco, como un aparecido. Sentado en el pescante de su trineo, encorvado el cuerpo cuanto puede estarlo un cuerpo humano, permanece inmóvil. Diríase que ni un alud de nieve que le cayese encima lo sacaría de su quietud. Su caballo está también blanco e inmóvil. Por su inmovilidad, por las líneas rígidas de su cuerpo, por la tiesura de palos de sus patas, parece, aun mirado de cerca, un caballo de dulce de los que se les compran a los chiquillos por un copec. Hállase sumido en sus reflexiones: un hombre o un caballo, arrancados del trabajo campestre y lanzados al infierno de una gran ciudad, como Yona y su caballo, están siempre entregados a tristes pensamientos. Es demasiado grande la diferencia entre la apacible vida rústica y la vida agitada, toda ruido y angustia, de las ciudades relumbrantes de luces. Hace mucho tiempo que Yona y su caballo permanecen inmóviles. Han salido a la calle antes de almorzar; pero Yona no ha ganado nada. Las sombras se van adensando. La luz de los faroles se va haciendo más intensa, más brillante. El ruido aumenta. - ¡Cochero! -oye de pronto Yona-. ¡Llévame a Viborgskaya! Yona se estremece. A través de las pestañas cubiertas de nieve ve a un militar con impermeable. - ¿Oyes? ¡A Viborgskaya! ¿Estás dormido? Yona le da un latigazo al caballo, que se sacude la nieve del lomo. El militar toma asiento en el trineo. El cochero arrea al caballo, estira el cuello como un cisne y agita el látigo. El caballo también estira el cuello, levanta las patas, y, sin apresurarse, se pone en marcha. - ¡Ten cuidado! -grita otro cochero invisible, con cólera-. ¡Nos vas a atropellar, imbécil! ¡A la derecha! - ¡Vaya un cochero! -dice el militar-. ¡A la derecha! Siguen oyéndose los juramenitos del cochero invisible. Un transeúnte que tropieza con el caballo de Yona gruñe amenazador. Yona, confuso, avergonzado, descarga algunos latigazos sobre el lomo del caballo. Parece aturdido, atontado, y mira alrededor como si acabara de despertar de un sueño profundo. - ¡Se diría que todo el mundo ha organizado una conspiración contra ti! -dice con tono irónico el militar-. Todos procuran fastidiarte, meterse entre las patas de tu caballo. ¡Una verdadera conspiración! Yona vuelve la cabeza y abre la boca. Se ve que quiere decir algo; pero sus labios están como paralizados, y no puede pronunciar una palabra. El cliente advierte sus esfuerzos y pregunta: - ¿Qué hay? Yona hace un nuevo esfuerzo y contesta con voz ahogada: - Ya ve usted, señor... He perdido a mi hijo... Murió la semana pasada... - ¿De veras?... ¿Y de qué murió? Yona, alentado por esta pregunta, se vuelve aún más hacia el cliente y dice: - No lo sé... De una de tantas enfermedades... Ha estado tres meses en el hospital y a la postre... Dios que lo ha querido. - ¡A la derecha! -óyese de nuevo gritar furiosamente-. ¡Parece que estás ciego, imbécil! - ¡A ver! -dice el militar-. Ve un poco más aprisa. A este paso no llegaremos nunca. ¡Dale algún latigazo al caballo! Yona estira de nuevo el cuello como un cisne, se levanta un poco, y de un modo torpe, pesado, agita el látigo. Se vuelve repetidas veces hacia su cliente, deseoso de seguir la conversación; pero el otro ha cerrado los ojos y no parece dispuesto a escucharle. Por fin, llegan a Viborgskaya. El cochero se detiene ante la casa indicada; el cliente se apea. Yona vuelve a quedarse solo con su caballo. Se estaciona ante una taberna y espera, sentado en el pescante, encorvado, inmóvil. De nuevo la nieve cubre su cuerpo y envuelve en un blanco cendal caballo y trineo. Una hora, dos... ¡Nadie! ¡Ni un cliente! Mas he aquí que Yona torna a estremecerse: ve detenerse ante él a tres jóvenes. Dos son altos, delgados; el tercero, bajo y chepudo. - ¡Cochero, llévanos al puesto de policía! ¡Veinte copecs por los tres! Yona coge las riendas, se endereza. Veinte copecs es demasiado poco; pero, no obstante, acepta; lo que a él le importa es tener clientes. Los tres jóvenes, tropezando y jurando, se acercan al trineo. Como sólo hay dos asientos, discuten largamente cuál de los tres ha de ir de pie. Por fin se decide que vaya de pie el jorobado. - ¡Bueno; en marcha! -le grita el jorobado a Yona, colocándose a su espalda-. ¡Qué gorro llevas, muchacho! Me apuesto cualquier cosa a que en toda la capital no se puede encontrar un gorro más feo... - ¡El señor está de buen humor! -dice Yona con risa forzada-. Mi gorro... - ¡Bueno, bueno! Arrea un poco a tu caballo. A este paso no llegaremos nunca. Si no andas más aprisa te administraré unos cuantos sopapos. - Me duele la cabeza -dice uno de los jóvenes-. Ayer, yo y Vaska nos bebimos en casa de Dukmasov cuatro botellas de caña. - ¡Eso no es verdad! -responde el otro- Eres un embustero, amigo, y sabes que nadie te cree. - ¡Palabra de honor! - ¡Oh, tu honor! No daría yo por él ni un céntimo. Yona, deseoso de entablar conversación, vuelve la cabeza, y, enseñando los dientes, ríe atipladamente. - ¡Ji, ji, ji!... ¡Qué buen humor! - ¡Vamos, vejestorio! -grita enojado el chepudo-. ¿Quieres ir más aprisa o no? Dale de firme al gandul de tu caballo. ¡Qué diablo! Yona agita su látigo, agita las manos, agita todo el cuerpo. A pesar de todo, está contento; no está solo. Le riñen, lo insultan; pero, al menos, oye voces humanas. Los jóvenes gritan, juran, hablan de mujeres. En un momento que se le antoja oportuno, Yona se vuelve de nuevo hacia los clientes y dice: - Y yo, señores, acabo de perder a mi hijo. Murió la semana pasada... - ¡Todos nos hemos de morir!-contesta el chepudo-. ¿Pero quieres ir más aprisa? ¡Esto es insoportable! Prefiero ir a pie. - Si quieres que vaya más aprisa dale un sopapo -le aconseja uno de sus camaradas. - ¿Oye, viejo, estás enfermo?-grita el chepudo-. Te la vas a ganar si esto continúa. Y, hablando así, le da un puñetazo en la espalda. - ¡Ji, ji, ji! -ríe, sin ganas, Yona-. ¡Dios les conserve el buen humor, señores! - Cochero, ¿eres casado? -pregunta uno de los clientes. - ¿Yo? !Ji, ji, ji! ¡Qué señores más alegres! No, no tengo a nadie... Sólo me espera la sepultura... Mi hijo ha muerto; pero a mí la muerte no me quiere. Se ha equivocado, y en lugar de cargar conmigo ha cargado con mi hijo. Y vuelve de nuevo la cabeza para contar cómo ha muerto su hijo; pero en este momento el chepudo, lanzando un suspiro de satisfacción, exclama: - ¡Por fin, hemos llegado! Yona recibe los veinte copecs convenidos y los clientes se apean. Les sigue con los ojos hasta que desaparecen en un portal. Torna a quedarse solo con su caballo. La tristeza invade de nuevo, más dura, más cruel, su fatigado corazón. Observa a la multitud que pasa por la calle, como buscando entre los miles de transeúntes alguien que quiera escucharle. Pero la gente parece tener prisa y pasa sin fijarse en él. Su tristeza a cada momento es más intensa. Enorme, infinita, si pudiera salir de su pecho inundaría al mundo entero. Yona ve a un portero que se asoma a la puerta con un paquete y trata de entablar con él conversación. - ¿Qué hora es? -le pregunta, melifluo. - Van a dar las diez -contesta el otro-. Aléjese un poco: no debe usted permanecer delante de la puerta. Yona avanza un poco, se encorva de nuevo y se sume en sus tristes pensamientos. Se ha convencido de que es inútil dirigirse a la gente. Pasa otra hora. Se siente muy mal y decide retirarse. Se yergue, agita el látigo. - No puedo más -murmura-. Hay que irse a acostar. El caballo, como si hubiera entendido las palabras de su viejo amo, emprende un presuroso trote. Una hora después Yona está en su casa, es decir, en una vasta y sucia habitación, donde, acostados en el suelo o en bancos, duermen docenas de cocheros. La atmósfera es pesada, irrespirable. Suenan ronquidos. Yona se arrepiente de haber vuelto tan pronto. Además, no ha ganado casi nada. Quizá por eso -piensa- se siente tan desgraciado. En un rincón, un joven cochero se incorpora. Se rasca el seno y la cabeza y busca algo con la mirada. - ¿Quieres beber? -le pregunta Yona. - Sí. - Aquí tienes agua... He perdido a mi hijo... ¿Lo sabías?... La semana pasada, en el hospital... ¡Qué desgracia! Pero sus palabras no han producido efecto alguno. El cochero no le ha hecho caso, se ha vuelto a acostar, se ha tapado la cabeza con la colcha y momentos después se le oye roncar. Yona exhala un suspiro. Experimenta una necesidad imperiosa, irresistible, de hablar de su desgracia. Casi ha transcurrido una semana desde la muerte de su hijo; pero no ha tenido aún ocasión de hablar de ella con una persona de corazón. Quisiera hablar de ella largamente, contarla con todos sus detalles. Necesita referir cómo enfermó su hijo, lo que ha sufrido, las palabras que ha pronunciado al morir. Quisiera también referir cómo ha sido el entierro... Su difunto hijo ha dejado en la aldea una niña de la que también quisiera hablar. ¡Tiene tantas cosas que contar! ¡Qué no daría él por encontrar alguien que se prestase a escucharlo, sacudiendo compasivamente la cabeza, suspirando, compadeciéndolo! Lo mejor sería contárselo todo a cualquier mujer de su aldea; a las mujeres, aunque sean tontas, les gusta eso, y basta decirles dos palabras para que viertan torrentes de lágrimas. Yona decide ir a ver a su caballo. Se viste y sale a la cuadra. El caballo, inmóvil, come heno. - ¿Comes? -le dice Yona, dándole palmaditas en el lomo-. ¿Qué se le va a hacer, muchacho? Como no hemos ganado para comprar avena hay que contentarse con heno... Soy ya demasiado viejo para ganar mucho... A decir verdad, yo no debía ya trabajar; mi hijo me hubiera reemplazado. Era un verdadero, un soberbio cochero; conocía su oficio como pocos. Desgraciadamente, ha muerto... Tras una corta pausa, Yona continúa: - Sí, amigo..., ha muerto... ¿Comprendes? Es como si tú tuvieras un hijo y se muriera... Naturalmente, sufrirías, ¿verdad?... El caballo sigue comiendo heno, escucha a su viejo amo y exhala un aliento húmedo y cálido. Yona, escuchado al cabo por un ser viviente, desahoga su corazón contándoselo todo. _________________ Abrazos, Manuela Quien bien te quiera, te hará reir. |
|  | | Goyo

Cantidad de envíos: 384 Fecha de inscripción: 24/07/2008
 | Tema: Re: Relatos cortos Dom Dic 14, 2008 8:14 pm | |
| Y seguro que el caballo ponía mucha atención. Muy bonito cuento. _________________ "La vida es lo que te pasa mientras andamos ocupados haciendo otros planes" (John Lennon)
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|  | | Goyo

Cantidad de envíos: 384 Fecha de inscripción: 24/07/2008
 | Tema: Re: Relatos cortos Dom Dic 14, 2008 8:55 pm | |
| Cuelgo una pequeña recopilación de cuentos breves de Anthony de Mello, sacerdote, psicólogo, jesuíta revoltoso, contador de cuentos, y meditador sorprendente, cuyos escritos me han causado muy grata impresión. Son cuentos muy breves que encierran siempre un mensaje, a veces misterioso, otras veces sabio, en ocasiones con dosis de humor y hasta absolutamente absurdo, pero siempre te dejan pensando, jamás resultan indiferentes. Anthony de Mello Nacido en India en 1931, y fallecido en Nueva York en 1987 -dónde estaba impartiendo un curso-, se formó como sacerdote jesuita en su India natal, para pasar a abrir un centro de orientación pastoral en Lonavla, al mismo tiempo que escribía su primer libro sobre meditación y ejercicios espirituales. De mente inquieta y casi revolucionaria, De Mello prosiguió su formación personal interesándose por diversas tradiciones religiosas asiáticas y del Medio Oriente. Captó enseguida que los cuentos y los pequeños relatos -nacidos en la profunda noche de los tiempos, como una forma de transmisión de enseñanzas-, seguían siendo tan útiles y necesarios hoy en día como lo habían sido siempre. Es por ello que muchos de los libros que siguió escribiendo De Mello fueron una recopilación y adaptación de estas enseñanzas de origen sufí y zen, relatos del medio oriente, dichos y hechos que aparecen en las leyendas hindúes, y también de las mismas enseñanzas cristianas y judías. Posteriormente a su muerte, en 1998, la "Congregación para la Doctrina de la Fe" (dirigida por el entonces cardenal Ratzinger) investigó sus escritos y calificó algunos de ellos como «incompatibles» con la fe católica, más el éxito de sus libros pudo más que el boicot dirigido desde El Vaticano. Espero que os gusten. Estaba el filósofo Diógenes cenando lentejas cuando le vio el filósofo Arístipo, que vivía confortablemente a base de adular al rey. y le dijo Arístipo: «Si aprendieras a ser sumiso al rey, no tendrías que comer esta basura de lentejas». A lo que replicó Diógenes: «Si hubieras tú aprendido a comer lentejas, no tendrías que adular al rey»................................................... Un sacerdote paseaba por la calle cuando, de pronto, vio cómo un niño se esforzaba, dando saltos, por llegar al timbre de una puerta. Pero el pobre niño era demasiado pequeño, y el timbre estaba demasiado alto.
De modo que el sacerdote, para ayudar al pequeño, se acercó y pulsó el timbre. Luego, volviéndose sonriente al muchacho, le preguntó: «¿Qué hacemos ahora?»
«Correr todo lo que podamos», respondió el niño................................................... Un joven científico se jactaba, en presencia de un gurú, de los logros de la ciencia moderna.
«Podemos volar como los pájaros», decía. «Podemos hacer cuanto hacen los pájaros!»
«Excepto descansar en un alambre de espino», dijo el gurú.................................................. En cierta ocasión, un amigo le hizo saber al gerente de una orquesta que le encantaría tener un puesto en la misma. Y el gerente le replicó: «No tenía ni idea de que supieras tocar algún instrumento...»
«Yo no sé hacerlo», le respondió su amigo, «pero he visto que tienes ahí a un tipo que no hace más que agitar una vara mientras los demás tocan. Creo que yo podría hacer este trabajo...».................................................. El Maestro propuso un enigma: «¿Qué es lo que el artista y el músico tienen en común con el místico?»
Todos se dieron por vencidos.
«La certeza de que el lenguaje más sutil no es el que articulan los labios», dijo el Maestro.
.................................................. El maestro solía decir que una de las razones por las que las personas son tan desdichadas es porque piensan que no hay nada que ellas no puedan cambiar.
Le gustaba especialmente la historia de aquel individuo que le dijo al vendedor: «Este transistor que me has vendido suena excelentemente, pero quisiera cambiarlo por otro que emitiera mejores programas». .................................................... Preguntaba el monje: «Todas estas montañas y estos ríos y la tierra y las estrellas... ¿de dónde vienen?»
Y preguntó el Maestro: «¿Y de dónde viene tu pregunta?».................................................... Yo antes estaba completamente sordo. Y veía a la gente de pié, y dando toda clase de vueltas. Lo llamaban baile. A mí me parecía absurdo... Hasta que un día oí la música. Entonces comprendí lo hermosa que era la danza.
................................................... A un discípulo que siempre estaba quejándose de los demás le dijo el Maestro: Si es paz lo que buscas, trata de cambiarte a ti mismo, no a los demás. Es más fácil calzarse unas zapatillas que alfombrar toda la tierra. .................................................... A una mujer que se quejaba de que las riquezas no habían conseguido hacerla feliz le dijo el Maestro: Hablas como si el lujo y el confort fueran ingredientes de la felicidad, cuando, de hecho, lo único que necesitas para ser realmente feliz, querida, es algo por lo que entusiasmarse. .................................................... Los discípulos estaban enzarzados en una discusión sobre la sentencia de Lao Tse:
"Los que saben no hablan; Los que hablan no saben".
Cuando el Maestro entró donde aquellos estaban, le preguntaron cuál era el significado exacto de aquellas palabras. El Maestro les dijo: ¿Quién de vosotros conoce la fragancia de la rosa? Todos la conocían. Entonces les dijo: Expresadlo con palabras. Y todos guardaron silencio.................................................... «¿De veras que no hay nada que podamos hacer para alcanzar la iluminación?»
«Bueno», dijo el Maestro en tono jovial, «podéis imitar a aquella anciana que empujaba con todas sus fuerzas la pared del vagón para conseguir que el tren corriera más deprisa»........................................................... Abrir los ojos puede llevar toda una vida. El ver es cuestión de un instante.......................................................... _________________ "La vida es lo que te pasa mientras andamos ocupados haciendo otros planes" (John Lennon)
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|  | | Mª Dolores

Cantidad de envíos: 829 Fecha de inscripción: 24/07/2008
 | Tema: Re: Relatos cortos Dom Dic 14, 2008 10:16 pm | |
| Me gustan porque cada uno me hace pensar en un tema, de una forma nueva. El último me recuerda los versos de Antonio Machado: "El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve." Besos Mª Dolores _________________ He dejado sobre la mesa el libro que en las horas pasadas me dio su compañía.
Eloy Sánchez Rosillo
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|  | | Manuela

Cantidad de envíos: 756 Fecha de inscripción: 24/07/2008
 | Tema: Re: Relatos cortos Jue Dic 18, 2008 12:44 am | |
| Hay que ver los niños las cosas que preguntan. Naguib Mahfuz, premio Nobel 1988, egipcio. La primera vez que se otorgaba este premio a un escritor árabe. Jardín de infancia [Cuento. Texto completo] Naguib Mahfuz -Papá... -¿Qué? -Yo y mi amiga Nadia siempre estamos juntas. -Claro, mujer, porque es tu amiga. -En clase... en el recreo... a la hora de comer... -Estupendo... es una niña buena y juiciosa. -Pero en la hora de religión yo voy a una clase y ella a otra. Miró a la madre y vio que sonreía, ocupada en bordar un mantel. Y dijo, sonriendo también: -Sí... pero sólo en la clase de religión... -¿Y por qué, papá? -Porque tú eres de una religión y ella de otra. -Pero, ¿por qué, papá? -Porque tú eres musulmana y ella cristiana. -¿Y por qué, papá? -Eres aún muy pequeña, ya lo comprenderás... -No, ¡soy mayor! -No, eres pequeña, cariñito... -¿Y por qué soy musulmana? Debía ser comprensivo y delicado: no faltar a los preceptos de la pedagogía moderna a la primera dificultad. Contestó: -Porque papá es musulmán... mamá es musulmana... -¿Y Nadia? -Porque su papá es cristiano y su mamá también... -¿Porque su papá lleva gafas? -No... Las gafas no tienen nada que ver. Es porque su abuelo también era cristiano y... Siguió con la cadena de antepasados hasta aburrirse. Trató de cambiar el tema pero la niña preguntó: -¿Cuál es mejor? Dudó un momento antes de contestar: -Las dos... -¡Pero yo quiero saber cuál es mejor! -Es que las dos lo son. -¿Y por qué no me hago cristiana para estar siempre con Nadia? -No, cariñito, es mejor que no. Hay que ser lo mismo que papá y que mamá... -¿Y por qué? Francamente: la pedagogía moderna es tiránica. -¿Por qué no esperas a ser mayor? -No ¡Ahora! -Bien. Digamos que por gusto. A ella le gusta más una y tú prefieres la otra. Tú eres musulmana y ella tiene otro gusto. Por eso tienes que seguir siendo musulmana. -¿Nadia tiene mal gusto? Dios confunda a ti y a Nadia. Había metido la pata a pesar de las precauciones. Se lanzó sin piedad al cuello de una botella. -Sobre gustos no hay nada escrito. Lo único imprescindible es seguir siendo como papá y mamá... -¿Puedo decirle que ella tiene mal gusto y yo no? Salió al paso: -Las dos son buenas: tanto el Islam como el Cristianismo adoran a Dios. -¿Y por qué yo lo adoro en una habitación y ella en otra? -Porque ella lo adora de una manera y tú de otra. -¿Y cuál es la diferencia, papá? -Ya lo estudiarás el año que viene o el otro. Por el momento confórmate con saber que Islam y Cristianismo adoran a Dios. -¿Y quién es Dios, papá? Se detuvo, reflexionó un segundo y preguntó, extremando las precauciones: -¿Qué les ha dicho Abla? -Lee la azora y nos enseña a rezar, pero yo no sé. ¿Quién es Dios, papá? Se quedó pensando con sonrisa torcida. Luego: -Es el Creador del mundo. -¿De todo? -De todo. -¿Qué quiere decir Creador, papá? -Quiere decir que lo ha hecho todo. -¿Cómo, papá? -Con su Sumo poder. -¿Y dónde vive? -En todo el mundo. -¿Y antes del mundo? -Arriba... -¿En el cielo? -Sí... -Quiero verlo. -No se puede. -¿Ni en la televisión? -No. -¿Y no lo ha visto nadie? -Nadie. -¿Y por qué sabes que está arriba? -Porque sí. -¿Quién adivinó que estaba arriba? -Los profetas. -¿Los profetas? -Sí, como nuestro señor Mahoma. -¿Y cómo, papá? -Por una gracia especial. -¿Tenía los ojos muy grandes? -Sí. -¿Y por qué, papá? -Porque Dios lo creó así. -¿Y por qué, papá? Contestó tratando de no perder la paciencia: -Porque puede hacer lo que quiere... -¿Y cómo dices que es? -Muy grande, muy fuerte, todo lo puede... -¿Como tú, papá? Contestó disimulando una sonrisa: -Es incomparable. -¿Y por qué vive arriba? -Porque en la tierra no cabe, pero lo ve todo. Se distrajo un momento, pero volvió: -Pues Nadia me ha dicho que vivió en la tierra. -No es eso; es que lo ve todo como si viviese en todas partes. -Y también me ha dicho que la gente lo mató. -No, está vivo, no ha muerto. -Pues Nadia me ha dicho que lo mataron. -Qué va, cariñito, creyeron que lo habían matado pero estaba vivo. -¿El abuelo también está vivo? -No, el abuelo murió. -¿Lo han matado? -No, se murió. -¿Cómo? -Se puso enfermo y se murió. -Entonces ¿mi hermana va a morirse? Frunció las cejas y contestó advirtiendo un movimiento de reproche del lado de la madre: -Ni mucho menos, ella se curará si Dios quiere... -¿Por qué se murió entonces el abuelo? -Porque cuando se puso enfermo era ya mayor. -¡Pues tú eres mayor, has estado enfermo y no te has muerto! La madre lo miró regañona. Luego pasó la vista de uno a otro azorada. Él dijo: -Nos morimos cuando Dios lo dispone. -¿Y por qué dispone Dios que nos muramos? -Porque es libre de hacer lo que quiere. -¿Es bonito morirse? -Qué va, mi vida. -¿Y por qué Dios quiere una cosa que no es bonita? -Todo lo que Dios quiere para nosotros es bueno. -Pero tú acabas de decir que no lo es. -Me he equivocado, querida. -¿Y por qué mamá se ha enfadado cuando he dicho que por qué no te habías muerto? -Porque todavía no es la voluntad de Dios que yo muera. -¿Y por qué no, papá? -Porque Él nos ha puesto aquí y Él nos lleva. -¿Y por qué, papá? -Para que hagamos cosas buenas aquí antes de irnos. -¿Y por qué no nos quedamos siempre? -Porque si nos quedásemos no habría sitio para todos en la tierra. -¿Y dejamos las cosas buenas? -Sí, por otras mucho mejores. -¿Dónde están? -Arriba. -¿Con Dios? -Sí. -¿Y lo veremos? -Sí. -¿Y eso es bonito? -Claro. -Entonces, ¡vámonos! -Pero aún no hemos hecho cosas buenas. -¿El abuelo las había hecho? -Sí. -¿Cuáles? -Construir una casa, plantar un jardín... -¿Y qué había hecho el primo Totó? Por un momento se puso sombrío. Echó a la madre furtivamente una mirada desvalida, luego contestó: -Él también había construido una casa, aunque pequeña, antes de irse... -Pues Lulú el vecino me pega y nunca hace cosas buenas... -Es que él ha nacido anormal. -¿Y cuándo va a morirse? -Cuando Dios quiera. -¿Aunque no haga cosas buenas? -Todos tenemos que morir. Los que hacen cosas buenas se van con Dios y los que hacen cosas malas se van al infierno. Suspiró y se quedó callada. El padre se sintió materialmente aliviado. No sabía si lo había hecho bien o si se había equivocado. Aquel torrente de preguntas había removido interrogaciones sedimentadas en lo más hondo de sí. Pero la incansable criatura gritó: -¡Yo quiero estar siempre con Nadia! La miró inquisitivo y ella declaró: -¡En la clase de religión también! Se rió estrepitosamente, la madre también rió, él dijo bostezando: -Nunca imaginé que fuera posible discutir estas cuestiones a semejante nivel... Habló la mujer: -Llegará el día en que la niña crezca y puedas razonarle las verdades. Se volvió para comprobar si aquellas palabras eran sinceras o irónicas y la encontró enfrascada en el bordado. FIN _________________ Abrazos, Manuela Quien bien te quiera, te hará reir. |
|  | | Manuela

Cantidad de envíos: 756 Fecha de inscripción: 24/07/2008
 | Tema: Re: Relatos cortos Lun Dic 22, 2008 7:30 pm | |
| No sé si alguien los lee, pero aquí quedan plasmados. Aconsejaría, en un ratito que se tenga, su lectura. A mí me encantan estos relatos cortos tan bien escritos. Para estos dias de fiestas, un momento para pensar y disfrutar la buena literatura. El poder de la infanciaLeón Tolstoi -¡Que lo maten! ¡Que lo fusilen! ¡Que fusilen inmediatamente a ese canalla...! ¡Que lo maten! ¡Que corten el cuello a ese criminal! ¡Que lo maten, que lo maten...! -gritaba una multitud de hombres y mujeres, que conducía, maniatado, a un hombre alto y erguido. Éste avanzaba con paso firme y con la cabeza alta. Su hermoso rostro viril expresaba desprecio e ira hacia la gente que lo rodeaba. Era uno de los que, durante la guerra civil, luchaban del lado de las autoridades. Acababan de prenderlo y lo iban a ejecutar. "¡Qué le hemos de hacer! El poder no ha de estar siempre en nuestras manos. Ahora lo tienen ellos. Si ha llegado la hora de morir, moriremos. Por lo visto, tiene que ser así", pensaba el hombre; y, encogiéndose de hombros, sonreía, fríamente, en respuesta a los gritos de la multitud. -Es un guardia. Esta misma mañana ha tirado contra nosotros -exclamó alguien. Pero la muchedumbre no se detenía. Al llegar a una calle en que estaban aún los cadáveres de los que el ejército había matado la víspera, la gente fue invadida por una furia salvaje. -¿Qué esperamos? Hay que matar a ese infame aquí mismo. ¿Para qué llevarlo más lejos? El cautivo se limitó a fruncir el ceño y a levantar aún más la cabeza. Parecía odiar a la muchedumbre más de lo que ésta lo odiaba a él. -¡Hay que matarlos a todos! ¡A los espías, a los reyes, a los sacerdotes y a esos canallas! Hay que acabar con ellos, en seguida, en seguida... -gritaban las mujeres. Pero los cabecillas decidieron llevar al reo a la plaza. Ya estaban cerca, cuando de pronto, en un momento de calma, se oyó una vocecita infantil, entre las últimas filas de la multitud. -¡Papá! ¡Papá! -gritaba un chiquillo de seis años, llorando a lágrima viva, mientras se abría paso, para llegar hasta el cautivo-. Papá ¿qué te hacen? ¡Espera, espera! Llévame contigo, llévame... Los clamores de la multitud se apaciguaron por el lado en que venía el chiquillo. Todos se apartaron de él, como ante una fuerza, dejándolo acercarse a su padre. -¡Qué simpático es! -comentó una mujer. -¿A quién buscas? -preguntó otra, inclinándose hacia el chiquillo. -¡Papá! ¡Déjenme que vaya con papá! -lloriqueó el pequeño. -¿Cuántos años tienes, niño? -¿Qué van a hacer con papá? -Vuelve a tu casa, niño, vuelve con tu madre -dijo un hombre. El reo oía ya la voz del niño, así como las respuestas de la gente. Su cara se tornó aún más taciturna. -¡No tiene madre! -exclamó, al oír las palabras del hombre. El niño se fue abriendo paso hasta que logró llegar junto a su padre; y se abrazó a él. La gente seguía gritando lo mismo que antes: "¡Que lo maten! ¡Que lo ahorquen! ¡Que fusilen a ese canalla!" -¿Por qué has salido de casa? -preguntó el padre. -¿Dónde te llevan? -¿Sabes lo que vas a hacer? -¿Qué? -¿Sabes quién es Catalina? -¿La vecina? ¡Claro! -Bueno, pues..., ve a su casa y quédate ahí... hasta que yo... hasta que yo vuelva. -¡No; no iré sin ti! -exclamó el niño, echándose a llorar. -¿Por qué? -Te van a matar. -No. ¡Nada de eso! No me van a hacer nada malo. Despidiéndose del niño, el reo se acercó al hombre que dirigía a la multitud. -Escuche; máteme como quiera y donde le plazca; pero no lo haga delante de él -exclamó, indicando al niño-. Desáteme por un momento y cójame del brazo para que pueda decirle que estamos paseando, que es usted mi amigo. Así se marchará. Después..., después podrá matarme como se le antoje. El cabecilla accedió. Entonces, el reo cogió al niño en brazos y le dijo: -Sé bueno y ve a casa de Catalina. -¿Y qué vas a hacer tú? -Ya ves, estoy paseando con este amigo; vamos a dar una vuelta; luego iré a casa. Anda, vete, sé bueno. El chiquillo se quedó mirando fijamente a su padre, inclinó la cabeza a un lado, luego al otro, y reflexionó. -Vete; ahora mismo iré yo también. -¿De veras? El pequeño obedeció. Una mujer lo sacó fuera de la multitud. -Ahora estoy dispuesto; puede matarme -exclamó el reo, en cuanto el niño hubo desaparecido. Pero, en aquel momento, sucedió algo incomprensible e inesperado. Un mismo sentimiento invadió a todos los que momentos antes se mostraron crueles, despiadados y llenos de odio. -¿Saben lo que les digo? Deberían soltarlo -propuso una mujer. -Es verdad. Es verdad -asintió alguien. -¡Suéltenlo! ¡Suéltenlo! -rugió la multitud. Entonces, el hombre orgulloso y despiadado que aborreciera a la muchedumbre hacía un instante, se echó a llorar; y, cubriéndose el rostro con las manos, pasó entre la gente, sin que nadie lo detuviera. FIN _________________ Abrazos, Manuela Quien bien te quiera, te hará reir. |
|  | | Rosario

Cantidad de envíos: 34 Fecha de inscripción: 29/07/2008
 | Tema: Re: Relatos cortos Mar Dic 23, 2008 2:04 am | |
| Este apartado es muy disfrutable, gracias por los cuentos que han puesto y lo bueno si breve, dos veces bueno. Voy a tratar de hacer algún aporte que esté a la altura de los anteriores. Gracias otra vez Rosario |
|  | | Manuela

Cantidad de envíos: 756 Fecha de inscripción: 24/07/2008
 | Tema: Re: Relatos cortos Dom Mar 08, 2009 11:09 pm | |
| Otro cuentecito del gran Lovecraft. Es alucinante este escritor. El clérigo malvado[Cuento. Texto completo] H.P. Lovecraft Un hombre grave que parecía inteligente, con ropa discreta y barba gris, me hizo pasar a la habitación del ático, y me habló en estos términos: -Sí, aquí vivió él..., pero le aconsejo que no toque nada. Su curiosidad lo vuelve irresponsable. Nosotros jamás subimos aquí de noche; y si lo conservamos todo tal cual está, es sólo por su testamento. Ya sabe lo que hizo. Esa abominable sociedad se hizo cargo de todo al final, y no sabemos dónde está enterrado. Ni la ley ni nada lograron llegar hasta esa sociedad. -Espero que no se quede aquí hasta el anochecer. Le ruego que no toque lo que hay en la mesa, eso que parece una caja de fósforos. No sabemos qué es, pero sospechamos que tiene que ver con lo que hizo. Incluso evitamos mirarlo demasiado fijamente. Poco después, el hombre me dejó solo en la habitación del ático. Estaba muy sucia, polvorienta y primitivamente amueblada, pero tenía una elegancia que indicaba que no era el tugurio de un plebeyo. Había estantes repletos de libros clásicos y de teología, y otra librería con tratados de magia: de Paracelso, Alberto Magno, Tritemius, Hermes Trismegisto, Borellus y demás, en extraños caracteres cuyos títulos no fui capaz de descifrar. Los muebles eran muy sencillos. Había una puerta, pero daba acceso tan sólo a un armario empotrado. La única salida era la abertura del suelo, hasta la que llegaba la escalera tosca y empinada. Las ventanas eran de ojo de buey, y las vigas de negro roble revelaban una increíble antigüedad. Evidentemente, esta casa pertenecía a la vieja Europa. Me parecía saber dónde me encontraba, aunque no puedo recordar lo que entonces sabía. Desde luego, la ciudad no era Londres. Mi impresión es que se trataba de un pequeño puerto de mar. El objeto de la mesa me fascinó totalmente. Creo que sabía manejarlo, porque saqué una linterna eléctrica -o algo que parecía una linterna- del bolsillo, y comprobé nervioso sus destellos. La luz no era blanca, sino violeta, y el haz que proyectaba era menos un rayo de luz que una especie de bombardeo radiactivo. Recuerdo que yo no la consideraba una linterna corriente: en efecto, llevaba una normal en el otro bolsillo. Estaba oscureciendo, y los antiguos tejados y chimeneas, afuera, parecían muy extraños tras los cristales de las ventanas de ojo de buey. Finalmente, haciendo acopio de valor, apoyé en mi libro el pequeño objeto de la mesa y enfoqué hacia él los rayos de la peculiar luz violeta. La luz pareció asemejarse aún más a una lluvia o granizo de minúsculas partículas violeta que a un haz continuo de luz. Al chocar dichas partículas con la vítrea superficie del extraño objeto parecieron producir una crepitación, como el chisporroteo de un tubo vacío al ser atravesado por una lluvia de chispas. La oscura superficie adquirió una incandescencia rojiza, y una forma vaga y blancuzca pareció tomar forma en su centro. Entonces me di cuenta de que no estaba solo en la habitación... y me guardé el proyector de rayos en el bolsillo. Pero el recién llegado no habló, ni oí ningún ruido durante los momentos que siguieron. Todo era una vaga pantomima como vista desde inmensa distancia, a través de una neblina... Aunque, por otra parte, el recién llegado y todos los que fueron viniendo a continuación aparecían grandes y próximos, como si estuviesen a la vez lejos y cerca, obedeciendo a alguna geometría anormal. El recién llegado era un hombre flaco y moreno, de estatura media, vestido con un traje clerical de la iglesia anglicana. Aparentaba unos treinta años y tenía la tez cetrina, olivácea, y un rostro agradable, pero su frente era anormalmente alta. Su cabello negro estaba bien cortado y pulcramente peinado y su barba afeitada, si bien le azuleaba el mentón debido al pelo crecido. Usaba gafas sin montura, con aros de acero. Su figura y las facciones de la mitad inferior de la cara eran como la de los clérigos que yo había visto, pero su frente era asombrosamente alta, y tenía una expresión más hosca e inteligente, a la vez que más sutil y secretamente perversa. En ese momento -acababa de encender una lámpara de aceite- parecía nervioso; y antes de que yo me diese cuenta había empezado a arrojar los libros de magia a una chimenea que había junto a una ventana de la habitación (donde la pared se inclinaba pronunciadamente), en la que no había reparado yo hasta entonces. Las llamas consumían los volúmenes con avidez, saltando en extraños colores y despidiendo un olor increíblemente nauseabundo mientras las páginas de misteriosos jeroglíficos y las carcomidas encuadernaciones eran devoradas por el elemento devastador. De repente, observé que había otras personas en la estancia: hombres con aspecto grave, vestidos de clérigo, entre los que había uno que llevaba corbatín y calzones de obispo. Aunque no conseguía oír nada, me di cuenta de que estaban comunicando una decisión de enorme trascendencia al primero de los llegados. Parecía que lo odiaban y le temían al mismo tiempo, y que tales sentimientos eran recíprocos. Su rostro mantenía una expresión severa; pero observé que, al tratar de agarrar el respaldo de una silla, le temblaba la mano derecha. El obispo le señaló la estantería vacía y la chimenea (donde las llamas se habían apagado en medio de un montón de residuos carbonizados e informes), preso al parecer de especial disgusto. El primero de los recién llegados esbozó entonces una sonrisa forzada, y extendió la mano izquierda hacia el pequeño objeto de la mesa. Todos parecieron sobresaltarse. El cortejo de clérigos comenzó a desfilar por la empinada escalera, a través de la trampa del suelo, al tiempo que se volvían y hacían gestos amenazadores al desaparecer. El obispo fue el último en abandonar la habitación. El que había llegado primero fue a un armario del fondo y sacó un rollo de cuerda. Subió a una silla, ató un extremo a un gancho que colgaba de la gran viga central de negro roble y empezó a hacer un nudo corredizo en el otro extremo. Comprendiendo que se iba a ahorcar, corrí con la idea de disuadirlo o salvarlo. Entonces me vio, suspendió los preparativos y miró con una especie de triunfo que me desconcertó y me llenó de inquietud. Descendió lentamente de la silla y empezó a avanzar hacia mí con una sonrisa claramente lobuna en su rostro oscuro de delgados labios. Sentí que me encontraba en un peligro mortal y saqué el extraño proyector de rayos como arma de defensa. No sé por qué, pensaba que me sería de ayuda. Se lo enfoqué de lleno a la cara y vi inflamarse sus facciones cetrinas, con una luz violeta primero y luego rosada. Su expresión de exultación lobuna empezó a dejar paso a otra de profundo temor, aunque no llegó a borrársele enteramente. Se detuvo en seco; y agitando los brazos violentamente en el aire, empezó a retroceder tambaleante. Vi que se acercaba a la abertura del suelo y grité para prevenirlo; pero no me oyó. Un instante después, trastabilló hacia atrás, cayó por la abertura y desapareció de mi vista. Me costó avanzar hasta la trampilla de la escalera, pero al llegar descubrí que no había ningún cuerpo aplastado en el piso de abajo. En vez de eso me llegó el rumor de gentes que subían con linternas; se había roto el momento de silencio fantasmal y otra vez oía ruidos y veía figuras normalmente tridimensionales. Era evidente que algo había atraído a la multitud a este lugar. ¿Se había producido algún ruido que yo no había oído? A continuación, los dos hombres (simples vecinos del pueblo, al parecer) que iban a la cabeza me vieron de lejos, y se quedaron paralizados. Uno de ellos gritó de forma atronadora: -¡Ahhh! ¿Conque eres tú? ¿Otra vez? Entonces dieron media vuelta y huyeron frenéticamente. Todos menos uno. Cuando la multitud hubo desaparecido, vi al hombre grave de barba gris que me había traído a este lugar, de pie, solo, con una linterna. Me miraba boquiabierto, fascinado, pero no con temor. Luego empezó a subir la escalera, y se reunió conmigo en el ático. Dijo: -¡Así que no ha dejado eso en paz! Lo siento. Sé lo que ha pasado. Ya ocurrió en otra ocasión, pero el hombre se asustó y se pegó un tiro. No debía haberle hecho volver. Usted sabe qué es lo que él quiere. Pero no debe asustarse como se asustó el otro. Le ha sucedido algo muy extraño y terrible, aunque no hasta el extremo de dañarle la mente y la personalidad. Si conserva la sangre fría, y acepta la necesidad de efectuar ciertos reajustes radicales en su vida, podrá seguir gozando de la existencia y de los frutos de su saber. Pero no puede vivir aquí, y no creo que desee regresar a Londres. Mi consejo es que se vaya a Estados Unidos. -No debe volver a tocar ese... objeto. Ahora, ya nada puede ser como antes. El hacer -o invocar- cualquier cosa no serviría sino para empeorar la situación. No ha salido usted tan mal parado como habría podido ocurrir..., pero tiene que marcharse de aquí inmediatamente y establecerse en otra parte. Puede dar gracias al cielo de que no haya sido más grave. -Se lo explicaré con la mayor franqueza posible. Se ha operado cierto cambio en... su aspecto personal. Es algo que él siempre provoca. Pero en un país nuevo, usted puede acostumbrarse a ese cambio. Allí, en el otro extremo de la habitación, hay un espejo; se lo traeré. Va a sufrir una fuerte impresión..., aunque no será nada repulsivo. Me eché a temblar, dominado por un miedo mortal; el hombre barbado casi tuvo que sostenerme mientras me acompañaba hasta el espejo, con una débil lámpara (es decir, la que antes estaba sobre la mesa, no el farol, más débil aún, que él había traído) en la mano. Y lo que vi en el espejo fue esto: Un hombre flaco y moreno, de estatura media, y vestido con un traje clerical de la iglesia anglicana, de unos treinta años, y con unos lentes sin montura y aros de acero, cuyos cristales brillaban bajo su frente cetrina, olivácea, anormalmente alta. Era el individuo silencioso que había llegado primero y había quemado los libros. Durante el resto de mi vida, físicamente, yo iba a ser ese hombre. FIN _________________ Abrazos, Manuela Quien bien te quiera, te hará reir. |
|  | | Manuela

Cantidad de envíos: 756 Fecha de inscripción: 24/07/2008
 | Tema: Re: Relatos cortos Miér Abr 29, 2009 6:48 pm | |
| Un maravilloso y triste relato. El ruiseñor y la rosa [Cuento. Texto completo] Oscar Wilde-Dijo que bailaría conmigo si le llevaba una rosa roja -se lamentaba el joven estudiante-, pero no hay una solo rosa roja en todo mi jardín. Desde su nido de la encina, oyóle el ruiseñor. Miró por entre las hojas asombrado. -¡No hay ni una rosa roja en todo mi jardín! -gritaba el estudiante. Y sus bellos ojos se llenaron de llanto. -¡Ah, de qué cosa más insignificante depende la felicidad! He leído cuanto han escrito los sabios; poseo todos los secretos de la filosofía y encuentro mi vida destrozada por carecer de una rosa roja. -He aquí, por fin, el verdadero enamorado -dijo el ruiseñor-. Le he cantado todas las noches, aún sin conocerlo; todas las noches les cuento su historia a las estrellas, y ahora lo veo. Su cabellera es oscura como la flor del jacinto y sus labios rojos como la rosa que desea; pero la pasión lo ha puesto pálido como el marfil y el dolor ha sellado su frente. -El príncipe da un baile mañana por la noche -murmuraba el joven estudiante-, y mi amada asistirá a la fiesta. Si le llevo una rosa roja, bailará conmigo hasta el amanecer. Si le llevo una rosa roja, la tendré en mis brazos, reclinará su cabeza sobre mi hombro y su mano estrechará la mía. Pero no hay rosas rojas en mi jardín. Por lo tanto, tendré que estar solo y no me hará ningún caso. No se fijará en mí para nada y se destrozará mi corazón. -He aquí el verdadero enamorado -dijo el ruiseñor-. Sufre todo lo que yo canto: todo lo que es alegría para mí es pena para él. Realmente el amor es algo maravilloso: es más bello que las esmeraldas y más raro que los finos ópalos. Perlas y rubíes no pueden pagarlo porque no se halla expuesto en el mercado. No puede uno comprarlo al vendedor ni ponerlo en una balanza para adquirirlo a peso de oro. -Los músicos estarán en su estrado -decía el joven estudiante-. Tocarán sus instrumentos de cuerda y mi adorada bailará a los sones del arpa y del violín. Bailará tan vaporosamente que su pie no tocará el suelo, y los cortesanos con sus alegres atavíos la rodearán solícitos; pero conmigo no bailará, porque no tengo rosas rojas que darle. Y dejándose caer en el césped, se cubría la cara con las manos y lloraba. -¿Por qué llora? -preguntó la lagartija verde, correteando cerca de él, con la cola levantada. -Si, ¿por qué? -decía una mariposa que revoloteaba persiguiendo un rayo de sol. -Eso digo yo, ¿por qué? -murmuró una margarita a su vecina, con una vocecilla tenue. -Llora por una rosa roja. -¿Por una rosa roja? ¡Qué tontería! Y la lagartija, que era algo cínica, se echo a reír con todas sus ganas. Pero el ruiseñor, que comprendía el secreto de la pena del estudiante, permaneció silencioso en la encina, reflexionando sobre el misterio del amor. De pronto desplegó sus alas oscuras y emprendió el vuelo. Pasó por el bosque como una sombra, y como una sombra atravesó el jardín. En el centro del prado se levantaba un hermoso rosal, y al verle, voló hacia él y se posó sobre una ramita. -Dame una rosa roja -le gritó -, y te cantaré mis canciones más dulces. Pero el rosal meneó la cabeza. -Mis rosas son blancas -contestó-, blancas como la espuma del mar, más blancas que la nieve de la montaña. Ve en busca del hermano mío que crece alrededor del viejo reloj de sol y quizá el te dé lo que quieres. Entonces el ruiseñor voló al rosal que crecía entorno del viejo reloj de sol. -Dame una rosa roja -le gritó -, y te cantaré mis canciones más dulces. Pero el rosal meneó la cabeza. -Mis rosas son amarillas -respondió-, tan amarillas como los cabellos de las sirenas que se sientan sobre un tronco de árbol, más amarillas que el narciso que florece en los prados antes de que llegue el segador con la hoz. Ve en busca de mi hermano, el que crece debajo de la ventana del estudiante, y quizá el te dé lo que quieres. Entonces el ruiseñor voló al rosal que crecía debajo de la ventana del estudiante. -Dame una rosa roja -le gritó-, y te cantaré mis canciones más dulces. Pero el arbusto meneó la cabeza. -Mis rosas son rojas -respondió-, tan rojas como las patas de las palomas, más rojas que los grandes abanicos de coral que el océano mece en sus abismos; pero el invierno ha helado mis venas, la escarcha ha marchitado mis botones, el huracán ha partido mis ramas, y no tendré más rosas este año. -No necesito más que una rosa roja -gritó el ruiseñor-, una sola rosa roja. ¿No hay ningún medio para que yo la consiga? -Hay un medio -respondió el rosal-, pero es tan terrible que no me atrevo a decírtelo. -Dímelo -contestó el ruiseñor-. No soy miedoso. -Si necesitas una rosa roja -dijo el rosal -, tienes que hacerla con notas de música al claro de luna y teñirla con sangre de tu propio corazón. Cantarás para mí con el pecho apoyado en mis espinas. Cantarás para mí durante toda la noche y las espinas te atravesarán el corazón: la sangre de tu vida correrá por mis venas y se convertirá en sangre mía. -La muerte es un buen precio por una rosa roja -replicó el ruiseñor-, y todo el mundo ama la vida. Es grato posarse en el bosque verdeante y mirar al sol en su carro de oro y a la luna en su carro de perlas. Suave es el aroma de los nobles espinos. Dulces son las campanillas que se esconden en el valle y los brezos que cubren la colina. Sin embargo, el amor es mejor que la vida. ¿Y qué es el corazón de un pájaro comparado con el de un hombre? Entonces desplegó sus alas obscuras y emprendió el vuelo. Pasó por el jardín como una sombra y como una sombra cruzó el bosque. El joven estudiante permanecía tendido sobre el césped allí donde el ruiseñor lo dejó y las lágrimas no se habían secado aún en sus bellos ojos. -Sé feliz -le gritó el ruiseñor-, sé feliz; tendrás tu rosa roja. La crearé con notas de música al claro de luna y la teñiré con la sangre de mi propio corazón. Lo único que te pido, en cambio, es que seas un verdadero enamorado, porque el amor es más sabio que la filosofía, aunque ésta sea sabia; más fuerte que el poder, por fuerte que éste lo sea. Sus alas son color de fuego y su cuerpo color de llama; sus labios son dulces como la miel y su hálito es como el incienso. El estudiante levantó los ojos del césped y prestó atención; pero no pudo comprender lo que le decía el ruiseñor, pues sólo sabía las cosas que están escritas en los libros. Pero la encina lo comprendió y se puso triste, porque amaba mucho al ruiseñor que había construido su nido en sus ramas. -Cántame la última canción -murmuró-. ¡Me quedaré tan triste cuando te vayas! Entonces el ruiseñor cantó para la encina, y su voz era como el agua que ríe en una fuente argentina. Al terminar la canción, el estudiante se levantó, sacando al mismo tiempo su cuaderno de notas y su lápiz. "El ruiseñor -se decía paseándose por la alameda-, el ruiseñor posee una belleza innegable, ¿pero siente? Me temo que no. Después de todo, es como muchos artistas: puro estilo, exento de sinceridad. No se sacrifica por los demás. No piensa más que en la música y en el arte; como todo el mundo sabe, es egoísta. Ciertamente, no puede negarse que su garganta tiene notas bellísimas. ¿Que lástima que todo eso no tenga sentido alguno, que no persiga ningún fin práctico!" Y volviendo a su habitación, se acostó sobre su jergoncillo y se puso a pensar en su adorada. Al poco rato se quedo dormido. Y cuando la luna brillaba en los cielos, el ruiseñor voló al rosal y colocó su pecho contra las espinas. Y toda la noche cantó con el pecho apoyado sobre las espinas, y la fría luna de cristal se detuvo y estuvo escuchando toda la noche. Cantó durante toda la noche, y las espinas penetraron cada vez más en su pecho, y la sangre de su vida fluía de su pecho. Al principio cantó el nacimiento del amor en el corazón de un joven y de una muchacha, y sobre la rama más alta del rosal floreció una rosa maravillosa, pétalo tras pétalo, canción tras canción. Primero era pálida como la bruma que flota sobre el río, pálida como los pies de la mañana y argentada como las alas de la aurora. La rosa que florecía sobre la rama más alta del rosal parecía la sombra de una rosa en un espejo de plata, la sombra de la rosa en un lago. Pero el rosal gritó al ruiseñor que se apretase más contra las espinas. -Apriétate más, ruiseñorcito -le decía-, o llegará el día antes de que la rosa esté terminada. Entonces el ruiseñor se apretó más contra las espinas y su canto fluyó más sonoro, porque cantaba el nacimiento de la pasión en el alma de un hombre y de una virgen. Y un delicado rubor apareció sobre los pétalos de la rosa, lo mismo que enrojece la cara de un enamorado que besa los labios de su prometida. Pero las espinas no habían llegado aún al corazón del ruiseñor; por eso el corazón de la rosa seguía blanco: porque sólo la sangre de un ruiseñor puede colorear el corazón de una rosa. Y el rosal gritó al ruiseñor que se apretase más contra las espinas. -Apriétate más, ruiseñorcito -le decía-, o llegará el día antes de que la rosa esté terminada. Entonces el ruiseñor se apretó aún más contra las espinas, y las espinas tocaron su corazón y él sintió en su interior un cruel tormento de dolor. Cuanto más acerbo era su dolor, más impetuoso salía su canto, porque cantaba el amor sublimado por la muerte, el amor que no termina en la tumba. Y la rosa maravillosa enrojeció como las rosas de Bengala. Purpúreo era el color de los pétalos y purpúreo como un rubí era su corazón. Pero la voz del ruiseñor desfalleció. Sus breves alas empezaron a batir y una nube se extendió sobre sus ojos. Su canto se fue debilitando cada vez más. Sintió que algo se le ahogaba en la garganta. Entonces su canto tuvo un último destello. La blanca luna le oyó y olvidándose de la aurora se detuvo en el cielo. La rosa roja le oyó; tembló toda ella de arrobamiento y abrió sus pétalos al aire frío del alba. El eco le condujo hacia su caverna purpúrea de las colinas, despertando de sus sueños a los rebaños dormidos. El canto flotó entre los cañaverales del río, que llevaron su mensaje al mar. -Mira, mira -gritó el rosal-, ya está terminada la rosa. Pero el ruiseñor no respondió; yacía muerto sobre las altas hierbas, con el corazón traspasado de espinas. A medio día el estudiante abrió su ventana y miró hacia afuera. -¡Qué extraña buena suerte! -exclamó-. ¡He aquí una rosa roja! No he visto rosa semejante en toda vida. Es tan bella que estoy seguro de que debe tener en latín un nombre muy enrevesado. E inclinándose, la cogió. Inmediatamente se puso el sombrero y corrió a casa del profesor, llevando en su mano la rosa. La hija del profesor estaba sentada a la puerta. Devanaba seda azul sobre un carrete, con un perrito echado a sus pies. -Dijiste que bailarías conmigo si te traía una rosa roja -le dijo el estudiante-. He aquí la rosa más roja del mundo. Esta noche la prenderás cerca de tu corazón, y cuando bailemos juntos, ella te dirá cuanto te quiero. Pero la joven frunció las cejas. -Temo que esta rosa no armonice bien con mi vestido -respondió-. Además, el sobrino del chambelán me ha enviado varias joyas de verdad, y ya se sabe que las joyas cuestan más que las flores. -¡Oh, qué ingrata eres! -dijo el estudiante lleno de cólera. Y tiró la rosa al arroyo. Un pesado carro la aplastó. -¡Ingrato! -dijo la joven-. Te diré que te portas como un grosero; y después de todo, ¿qué eres? Un simple estudiante. ¡Bah! No creo que puedas tener nunca hebillas de plata en los zapatos como las del sobrino del chambelán. Y levantándose de su silla, se metió en su casa. "¡Qué tontería es el amor! -se decía el estudiante a su regreso-. No es ni la mitad de útil que la lógica, porque no puede probar nada; habla siempre de cosas que no sucederán y hace creer a la gente cosas que no son ciertas. Realmente, no es nada práctico, y como en nuestra época todo estriba en ser práctico, voy a volver a la filosofía y al estudio de la metafísica." Y dicho esto, el estudiante, una vez en su habitación, abrió un gran libro polvoriento y se puso a leer. _________________ Abrazos, Manuela Quien bien te quiera, te hará reir. |
|  | | Manuela

Cantidad de envíos: 756 Fecha de inscripción: 24/07/2008
 | Tema: Re: Relatos cortos Vie Jul 10, 2009 10:46 pm | |
| Un relatito corto para entretenernos el fin de semana. El pecho desnudo[Cuento. Texto completo] Italo CalvinoEl señor Palomar camina por una playa solitaria. Encuentra unos pocos bañistas. Una joven tendida en la arena toma el sol con el pecho descubierto. Palomar, hombre discreto, vuelve la mirada hacia el horizonte marino. Sabe que en circunstancias análogas, al acercarse un desconocido, las mujeres se apresuran a cubrirse, y eso no le parece bien: porque es molesto para la bañista que tomaba el sol tranquila; porque el hombre que pasa se siente inoportuno; porque el tabú de la desnudez queda implícitamente confirmado; porque las convenciones respetadas a medias propagan la inseguridad e incoherencia en el comportamiento, en vez de libertad y franqueza. Por eso, apenas ve perfilarse desde lejos la nube rosa-bronceado de un torso desnudo de mujer, se apresura a orientar la cabeza de modo que la trayectoria de la mirada quede suspendida en el vacío y garantice su cortés respeto por la frontera invisible que circunda las personas. Pero -piensa mientras sigue andando y, apenas el horizonte se despeja, recuperando el libre movimiento del globo ocular- yo, al proceder así, manifiesto una negativa a ver, es decir, termino también por reforzar la convención que considera ilícita la vista de los senos, o sea, instituyo una especie de corpiño mental suspendido entre mis ojos y ese pecho que, por el vislumbre que de él me ha llegado desde los límites de mi campo visual, me parece fresco y agradable de ver. En una palabra, mi no mirar presupone que estoy pensando en esa desnudez que me preocupa; ésta sigue siendo en el fondo una actitud indiscreta y retrógrada.
De regreso, Palomar vuelve a pasar delante de la bañista, y esta vez mantiene la mirada fija adelante, de modo de rozar con ecuánime uniformidad la espuma de las olas que se retraen, los cascos de las barcas varadas, la toalla extendida en la arena, la henchida luna de piel más clara con el halo moreno del pezón, el perfil de la costa en la calina, gris contra el cielo. Sí -reflexiona, satisfecho de sí mismo, prosiguiendo el camino-, he conseguido que los senos quedaran absorbidos completamente por el paisaje, y que mi mirada no pesara más que la mirada de una gaviota o de una merluza. ¿Pero será justo proceder así? -sigue reflexionando-. ¿No es aplastar la persona humana al nivel de las cosas, considerarla un objeto, y lo que es peor, considerar objeto aquello que en la persona es específico del sexo femenino? ¿No estoy, quizá, perpetuando la vieja costumbre de la supremacía masculina, encallecida con los años en insolencia rutinaria? Gira y vuelve sobre sus pasos. Ahora, al desliza su mirada por la playa con objetividad imparcial, hace de modo que, apenas el pecho de la mujer entra en su campo visual, se note una discontinuidad, una desviación, casi un brinco. La mirada avanza hasta rozar la piel tensa, se retrae, como apreciando con un leve sobresalto la diversa consistencia de la visión y el valor especial que adquiere, y por un momento se mantiene en mitad del aire, describiendo una curva que acompaña el relieve de los senos desde cierta distancia, elusiva, pero también protectora, para reanudar después su curso como si no hubiera pasado nada. Creo que así mi posición resulta bastante clara -piensa Palomar-, sin malentendidos posibles. ¿Pero este sobrevolar de la mirada no podría al fin de cuentas entenderse como una actitud de superioridad, una depreciación de lo que los senos son y significan, un ponerlos en cierto modo aparte, al margen o entre paréntesis? Resulta que ahora vuelvo a relegar los senos a la penumbra donde los han mantenido siglos de pudibundez sexomaníaca y de concupiscencia como pecado...
Tal interpretación va contra las mejores intenciones de Palomar que, pese a pertenecer a la generación madura para la cual la desnudez del pecho femenino iba asociada a la idea de intimidad amorosa, acoge sin embargo favorablemente este cambio en las costumbres, sea por lo que ello significa como reflejo de una mentalidad más abierta de la sociedad, sea porque esa visión en particular le resulta agradable. Este estímulo desinteresado es lo que desearía llegar a expresar con su mirada. Da media vuelta. Con paso resuelto avanza una vez más hacia la mujer tendida al sol. Ahora su mirada, rozando volublemente el paisaje, se detendrá en los senos con cuidado especial, pero se apresurará a integrarlos en un impulso de benevolencia y de gratitud por todo, por el sol y el cielo, por los pinos encorvados y la duna y la arena y los escollos y las nubes y las algas, por el cosmos que gira en torno a esas cúspides nimbadas. Esto tendría que bastar para tranquilizar definitivamente a la bañista solitaria y para despejar el terreno de inferencias desviantes. Pero apenas vuelve a acercarse, ella se incorpora de golpe, se cubre, resopla, se aleja encogiéndose de hombros con fastidio como si huyese de la insistencia molesta de un sátiro. El peso muerto de una tradición de prejuicios impide apreciar en su justo mérito la intenciones más esclarecidas, concluye amargamente Palomar.Que lo paseis de lo mejor. _________________ Abrazos, Manuela Quien bien te quiera, te hará reir. |
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